domingo, 8 de noviembre de 2009

El autobús nº 100


En febrero de 1990 el Muro ya había caído pero su inmensa mole de 115 kilómetros, 3,6 metros de altura y 50 de anchura, aunque herida de muerte, acuchillada, rota con las manos y los piolets, se mantenía en pie en muchos tramos. Desde mi hotel de la calle Wieland, una bocacalle de la muy famosa avenida Ku'dam, desde el Castell, situado en un edificio de 1929 que había sobrevivido a guerras, bombardeos e incendios, aquel 1990 yo escuchaba al despertar como si cientos de pájaros carpinteros estuvieran taladrando mil árboles. Pero no eran pájaros ni picoteaban los tilos de Unter den Linden (el otro gran boulevard de Berlín, el que conduce a la Alexanderplatz). Eran ellos, los berlineses que con clavos, martillos, mazas pasaban los días y las noches derribando el Muro y era el aire (Berliner Luft), el amado aire de Berlín que siempre te espera agazapado en la Savigny Platz (donde Liza grita al pasar el tren elevado en Cabaret), quien esparcía el sonido por la ciudad. Desde la Avenida 17 de junio hasta el aeródromo de Tempelhof.
En febrero de 1990, la Berlinale, el Festival de cine creado como puente sobre el Telón de Acero, pudo celebrarse por primera vez en el Este. Almodóvar presentó Átame ante un público radiante de ilusión y vértigo por la libertad prometida, recién catada. Fue en la sala Kosmos, en el 131 de la Karl Marx Allee, calle sumida todavía entonces en la oscuridad (real) de la noche comunista. Hoy, Kosmos es una discoteca iluminada por cañones de luz. Entonces el paso entre los dos Berlín aún se hacía entre puestos vigilados por militares cuyo mundo se había derrumbado.
Aquel febrero de 1990, en plena encrucijada de la Historia, yo me enamoré mortalmente de Berlín. De su alma y de sus fantasmas que eran y siguen siendo muchos. Bajo el cielo de Berlín, junto a la rotonda de la estatua de la Victoria donde en la película de Wenders descansa desolado uno de los ángeles ferozmente humanos, vimos a los primeros Trabis enfilar las avenidas. ¡Ah los Trabis, los Trabant, el mítico coche del Este, el orgullo de la RDA! En aquellos primeros años, los Opel, los Audi, los Volkswagen del Oeste, les cedían el paso en los stops y les aclamaban a bocinazos en los semáforos. Con el tiempo se transformaron en pequeñas molestias rodantes y contaminantes. Convertidas en piezas para coleccionistas, hoy son una de las claves de la recuperación de la identidad oriental, que existir sigue existiendo. Es curioso, los primeros Trabis miniatura que compramos en los puestecillos junto a la puerta de Brandenburgo allá en los 90 tenían el sello de fabricación en la RDA. Los del 2000 ya eran made in China. Pasó igual con las condecoraciones, los escudos, las gorras militares que se compraban en las inmediaciones del Muro semiderribado. En febrero de 1990 los vendían los mismos berlineses orientales. Al tiempo empezaron a hacerlo buhoneros polacos que habían trapicheado con toda la imaginería, la memorabilia de la RDA. Hoy la venden mercaderes paquistaníes al servicio de pequeñas mafias de Varsovia.
Pero en febrero de 1990 nada de eso había sucedido. Había grandes colas en el Commerzbank cercano a la iglesia del Recuerdo, junto al Zoo. Allí los berlineses orientales recibían los 100 marcos de bienvenida, gentileza de la Alemania del Oeste. Y lloraban. Yo les vi llorar.
Después (qué rápido pasa la Historia sobre Berlín), el autobús 100 se puso en funcionamiento. Recorría lo hasta entonces infranqueable: la distancia entre Zoo y Alex. Alexanderplatz. Sabías que entrabas en el Este, un oriente psicológico, ya no geográfico, porque el berlinés oriental subía tímido, temiendo que su billete no fuera válido, considerando al chófer una autoridad militar. Hoy el 100 y el 200 pasan cada 12 minutos bajo la Puerta de Brandenburgo. Y muchos sentimos aún un cálido estremecimiento.

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