Estuve un buen rato observándole y escuchando a las señoras mayores, que movían la cabeza pensativas. Un chico con aspecto alternativo me aclaró que se le conoce como Fígaro y que lleva 20 años en aquella misma estación. Por lo que supe, su hija había muerto allí e iba a cantarle todos los días. Antes de meterse en el vagón, aquel muchacho me dijo que buscara en Internet, pues él había leído algo sobre tan inopinado intérprete. Y efectivamente, en la Red figuran varias versiones de la historia. Que si es un cantante famoso, enloquecido por la muerte de un familiar; que se trata de un veterano músico que aprovecha la sonoridad del túnel para ensayar; que sólo canta cuando está en el metro, que cesan sus serenatas en cuanto asoma un empleado de la compañía. Es decir, todo y nada, rumores sin verificar, a los que el propio interesado no responde de manera alguna.
Quizá así sea mejor, que siga el misterio y la gente se haga preguntas sobre el cantante del subterráneo, quizá el último personaje pintoresco que le queda a Barcelona, dedicado a ofrecer sus cánticos sin pedir nada a cambio. Al fin y al cabo, una ciudad sin leyendas es un lugar muy aburrido.

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