martes, 3 de noviembre de 2009

La Sin/taxis


Tiene que haber una solución para quien acaba de poner pie en la ciudad


La Sin/taxis
La Sin/taxis  
JESÚS DEL CAMPO Cuenta Bruce Chatwin en «¿Qué hago yo aquí?» que cuando Werner Herzog le invitó a viajar a Ghana, él se encontraba enfermo y pidió que una silla de ruedas lo esperara en el aeropuerto. Herzog contraatacó diciendo que nada de silla de ruedas. Habría cuatro portadores que llevarían a Chatwin en hamaca, y también un portaparasol. El mismo Chatwin añade que la invitación era irresistible. La moraleja de la historia es obvia: si viajas, hazlo lo mejor que puedas. Viajar es bueno para el espíritu. No hace falta ir a Ghana, basta con una escapada en tren a Madrid. Cuando vuelves de la Villa y Corte pueden pasar dos cosas: que, como a Chatwin, te estén esperando -aunque sea en coche- o que tengas que buscarte la vida en forma de taxi. Esto último es una solución bastante simple en casi todas las ciudades que uno conoce, pero hay excepciones. Y así, al llegar a la estación de Gijón te queda un último peregrinaje, maleta en mano, hasta la parada de taxis más próxima; lo más práctico es cruzar el Humedal. Se suma así, a los beneficios espirituales del viaje, un saludable ejercicio muscular de última hora que los recién llegados no sabemos agradecer como procede. Cosas del Ayuntamiento, me dijo el taxista. ¿Es así? Qué falta de imaginación municipal. El trenecito de la «Semana negra», el autobús de dos pisos a la londinense que recorría Gijón más bien escaso de pasajeros, yo qué sé. Tiene que haber una solución para quien acaba de poner pie en la Sin/taxis. (Por mí, que la llamen así).

No está tan lejano el día en que los autobuses urbanos proclamaban que Dios no existe y nos exhortaban a la despreocupación y a disfrutar de la vida. Uno no discute de teologías con un autobús, pero que no existan los taxis en la estación ferroviaria de una ciudad, bueno, qué quieren que les diga, es una preocupación en toda regla. Y de disfrute, nada. ¿Que un explorador surcoreano ha atravesado a pie, según dice el periódico, el desierto de Taklamakan? Pues tampoco es para tanto. En El Humedal le quiero ver.

Y Fidel culpa a Obama de la gripe A en Cuba. Te ganas un Nobel de la Paz y a los cuatro días te acusan de semejante marrón. He visto hace poco una foto de Obama, caminando el día de su toma de posesión, rodeado de guardaespaldas. Así se mide el poder: por el número, por la pinta y por el gesto de tipos que miran a todas partes para proteger a alguien. Llama la atención que no se parecen nada a Kevin Costner. Los guardaespaldas de verdad no tienen cara de actores, sino de guardaespaldas. No son versátiles. Bueno, Kevin Costner tampoco. Pero se expresa bien. En fin, la sintaxis.

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