martes, 5 de mayo de 2009

China 'caza' a los taxistas de su primer caso


La policía de Hong Kong utilizó protocolos reservados para los peores criminales
Más de 300 personas encerradas durante una semana en un hotel sellado por policías con mascarillas por la probabilidad lejana de haberse cruzado en el pasillo con un infectado. La reacción de Hong Kong ha sido globalmente aplaudida por ejemplar, pero también criticada por excesiva y propagandística: tras acunar el SARS, las autoridades no quieren ser tachadas de tibias. Lo Wing-lok, experto en enfermedades infecciosas, habla de sobreactuación: "Piensa en toda la gente con la que compartió avión, mientras esperaba el equipaje, en el taxi... No puedes encontrarlos a todos". Y, sin embargo, Hong Kong lo está logrando.
La caza humana empezó por lo básico: los 142 pasajeros y la tripulación del vuelo que trajo al enfermo mexicano desde Shanghái. La policía los ha buscado uno por uno para comprobar que están sanos.

ZONA DE BARES Y PROSTÍBULOS
Hay problemas serios para dar con todos los clientes que coincidieron con el mexicano durante la noche del jueves en el hotel Metropark, en la zona de Wanchai. Es un área de bares y prostíbulos que inspiró la película El mundo de Suzie Wong. Por la noche, a la hora del desayuno o de la merienda, las chicas agarran al turista del brazo por la calle e intentan llevárselo para adentro. Las madames queman incienso frente a los establecimientos para estimular los ingresos. En las recepciones de los hoteles hay un trajín de jóvenes filipinas que combaten la humedad sofocante de la isla con minifaldas y sucintos tops. Para quien quiera movimiento, Wanchai es el sitio.
Muchos de los clientes del hotel se encontraron el despliegue cuando llegaron a la mañana siguiente después de una larga noche. Pero hay una cincuentena de personas registradas que aún no han regresado, y que son prioritarias para la policía. Sus datos se han comunicado a las aduanas para impedir que salgan de la isla. Su potencial de contagio es enorme: nada es espacioso en la pequeña Hong Kong, y tampoco sus bares ni sus discotecas.

DATOS PARA LAS ADUANAS
Para cazar a los dos taxistas, llamémosles A y B, la policía utilizó protocolos reservados para los peores criminales. El taxista A condujo al mexicano del aeropuerto al hotel, y el B, del hotel al hospital tras encontrarse enfermo. A, de unos 30 años, supo por la televisión que había llevado al enfermo en su coche. Se lo comunicó a su empresa de taxis, que le aconsejó entregarse. Si a esos 300 huéspedes los han encerrado una semana, qué ha-
rán con alguien que compartió el habitáculo de un taxi, debió de pensar justo antes de negarse.
La compañía informó al Departamento de Salud, y este a la División de Investigación Criminal de la Policía. Tras examinar el registro de taxis de esa mañana en el aeropuerto, lograron reducir la lista a una treintena de sospechosos. Los agentes localizaron el taxi de A a la mañana siguiente en un garaje de Tsuen Wan. Vehículos de incógnito taparon su huida. A, horrorizado, pensó que esa gente que le rodeaba oculta con mascarillas quería robarle. Tuvo que quedarse en el coche hasta que llegó el personal de Sanidad para llevárselo y desinfectar todo el vehículo.
Otro taxista llamó a centralita de la policía identificándose como B, pero rehusó entregarse. El visionado de las cintas grabadas por las cámaras del hospital no sirvió para identificarlo, así que rastrearon su teléfono móvil. Lo localizaron y se prepa-
ró su captura. Un chasco: resultó ser un gracioso que se enfrenta al cargo de hacer perder el tiempo a la policía. El taxista B se entregó unas horas después de forma voluntaria.
¿El final? No, porque es costumbre que varios taxistas trabajen conduciendo el mismo vehículo. Ese segundo taxi todavía estaría circulando por la ciudad sin haber sido esterilizado, según la empresa de taxis. El Departamento de Sanidad no lo ha negado. Acabada la caza del hombre, sigue la del coche.

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