La directora de ‘Mapa de los sonidos de Tokio’ estrena con este relato sobre un taxista de servicio durante la Nochebuena la serie de cuentos navideños que publicará EL PERIÓDICO
- Foto: MARIA TITOS
Isabel Coixet
Si había una época del año que aquel taxista odiaba era la Navidad. «I don’t want a lot for Christmas…». La culpa la tenían las emisoras de radio y esa obsesión por poner canciones navideñas non stop. «Last Christmas, I gave you my heart». ¿Se puede ser más hortera que Wham!? ¿Hay una canción más pegajosa que All I want for Christmas is you? Y era aún peor cuando, en un rapto de benevolencia, los de la radio decidían poner a Bing Crosby o Ella Fitzgerald cantando White Christmas o Santa Claus is coming to town, porque esas canciones sí que le ponían un nudo en el pecho que no sabía explicarse, una nostalgia de cosas que no había vivido: imágenes vagas de chimeneas encendidas, James Stewart corriendo por calles nevadas, cerilleras, pavo, lagos helados y peces en el río. «...there’s just one thing I need». Mientras las luces parpadeantes se reflejaban en la humedad del suelo y la fatiga de llevar 10 horas al volante del taxi le hacía murmurar insultos que incluían la estampa de la madre de Mariah Carey, pensó por enésima vez en el día que nunca más volvería a trabajar en Nochebuena ni en Navidad si podía evitarlo. Que se encerraría en su casa con una botella de McCallans, la manta eléctrica y una novela de al menos 600 páginas y no volvería a emerger hasta el 2 de enero o quizá después, cuando la gente ya empezara a deshacerse de los abetos y las cajas rotas de juguetes de los niños invadieran las aceras y rebosaran los contenedores.
Pasajera habitual
Si la soledad era una pasajera con la que se había acostumbrado a viajar, bastaban los primeros acordes de una canción de los años 50 para sentir una insoportable avidez de compañía y afecto que le quemaba la garganta «…i don’t care about the presents...». Los clientes se sucedían, cargados de paquetes, plantas de flor de Pascua envueltas en celofán, muérdago, conversaciones en las que se anticipaba la invariable discusión que surgiría unas horas después con unas cuantas copas de más al final de la cena. En momentos así se alegraba de no tener familia con la que pelearse por alguna oscura ofensa del pasado. «….under neath the christmas tree».
Y ahí seguía él conduciendo despacio, mientras la niebla se apoderaba de las calles que estaban cada vez mas vacías, mirando de soslayo el reloj que aún no marcaba la medianoche, cuando de la nada, surgió una mujer embarazada arrebujada en un abrigo demasiado corto. No llevaba paquetes ni plantas, y, si se hubiera fijado bien, se habría dado cuenta de que iba descalza. La dirección que le dio, con una voz ronca y apresurada, no le sonaba y la introdujo en el GPS. «…I just want you for my own». Y justo al introducir el nombre de la calle en la pantalla, oyó un extraño estertor en el asiento de atrás. «¿Le pasa algo?». La mujer permaneció en silencio por un minuto que a él se le antojó larguísimo. «Qué le pasa?». «Lo siento, creo que le he manchado el asiento. Acabo de romper aguas». «¿La llevo al hospital donde va a dar a luz?». «Sí, supongo que eso es lo que debería hacer, ir al hospital». La mujer hablaba de repente con una extraña tranquilidad. «More than you ever know». «No pensé que sería esta noche; de hecho, no pensé que fuera a suceder nunca». «¿No ha salido de cuentas o como se llame?». «Sí, creo; en fin, sí… ¿Le importa seguir circulando un rato? Tengo que pensar». «¿Pensar? ¿No es un poco tarde para eso? Yo creo que debería llevarla a la clínica mas próxima ahora mismo». «Sí, lo sé, pero cuando entre... ahí... mi vida habrá cambiado para siempre y…». «Quiere que avise a alguien, al padre, a su familia, a alguien…». «No , siga circulando, se lo ruego». «¿Por dónde quiere que vayamos? ¿Tiene alguna ruta favorita?». «No, solo quiero un momento para pensar, ¿sabe? Solo un momento antes que ...esto ocurra. Hasta ahora no he podido pensar».
Antes de la verdadera vida
El taxista decidió hacer lo que la mujer decía. Sentía en la nuca la tibia presencia y la fuerte respiración de ella y le hubiera gustado cogerla de la mano, darle algún tipo de apoyo físico, decir alguna palabra amable, pero comprendía que lo único que podía hacer por ella era lo que estaba haciendo: seguir conduciendo en la noche, dejando que el vehículo se deslizara suavemente por el húmedo asfalto. «All I want for Christmas....». Dentro del coche el vaho empañaba los cristales y a través del espejo él la miraba mirar las formas desdibujadas que se sucedían tras la ventana, mientras canturreaba con los ojos cerrados la canción de la radio. Por primera vez en la noche, él se sintió en paz con el mundo, y, aunque sabía que tarde o temprano ella le diría el nombre del hospital, decidió que por unos minutos iba a acompañarla en silencio en este paseo nocturno, antes de que la verdadera vida empezara. «...is you».

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