- Traslado de un detenido a la comisaría de la estación de Sants. Foto: MOSSOS D'ESQUADRA
BARCELONA
Desde diciembre pasado los Mossos d'Esquadra andaban tras un activo grupo organizado de palestinos, argelinos y un israelí que robaban a viajeros del metro. Los nueve han caído y cuatro han ingresado en prisión. Todo un éxito.
En su día, cuando los Mossos se hicieron cargo en noviembre del 2007 de la seguridad de Barcelona, la creación del grupo de multirreincidentes fue una apuesta del intendente Josep Lluís Trapero de priorizar policialmente la lucha contra los hurtos que protagonizan los multirreincidentes. Tras varias investigaciones, la operación T-10 contra las carteristas del metro demostró que con voluntad policial y judicial se podía avanzar en la lucha contra este delito y, como mínimo, estos ladrones descubrieron que se les había acabado la impunidad y algunos incluso ingresaron en prisión. Han pasado los meses y el grupo de multirreincidentes ha vuelto ha poner sus ojos en el metro.
FILMACIONES Y BOTÍN
En esta ocasión, el objetivo no eran los carteristas, sino un grupo organizado que se había especializado en robar bolsos, maletas, ordenadores, teléfonos y cámaras. En colaboración con la unidad de investigación de transporte urbano, los mossos han imputado a los distintos detenidos un total de 42 delitos de hurto. Las acusaciones se han hecho a partir de las filmaciones de las cámaras de seguridad y por los objetos robados y recuperados en un piso de L'Hospitalet.
A diferencia de operaciones anteriores, esta vez a los detenidos no se les ha podido imputar la asociación ilícita, aunque los investigadores detallan que los nueve se conocían y que actuaban organizadamente. Principalmente trabajaban en los andenes de la estación de Sants, de Passeig de Gràcia y de la Barceloneta. Tras elegir a sus víctimas, casi siempre turistas, utilizaban diferentes métodos para acercarse.
El de la mancha era habitual. El escenario eran las escaleras mecánicas de la estación donde el ladrón se ofrecía a ayudar a la víctima, que previamente había sido manchada por un cómplice. En el alboroto de descubrir la suciedad, quitarse la chaqueta y recibir la ayuda del desconocido, le podía desaparecer cualquier cosa. La víctima casi nunca se percataba del robo e incluso, al despedirse, agradecía al ladrón su gentileza por ayudarle.

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