sábado, 9 de agosto de 2008

Odisea con los taxis en Pekín


Odisea con los taxis en Pekín

Taxi de Pekin (Beijing)


- Las guías de Pekín aconsejan que para desplazarse en taxi se lleve el nombre del destino en chino y una tarjeta de la dirección del punto de partida si se quiere retornar sin sorpresas.
Pekín, 8 ago (EFE)
Pocos taxistas hablan inglés en Pekín, por lo que es inútil emplear sólo dicho idioma para aclararse con el conductor.
Ni siquiera la dirección en chino puede valer porque con motivo de los Juegos Olímpicos la flota de taxis se ha reforzado con conductores de fuera de la capital que desconocen los recovecos de una ciudad de 16 millones de habitantes.
A este desconocimiento se añaden calles cortadas por motivos de seguridad, que el metro cierra a las 22.30, que las paradas de autobuses no están señaladas en inglés y que los taxis no siempre se detienen si se les trata de parar.
Con este panorama, los desplazamientos pueden convertirse en lo más parecido al viaje de vuelta a casa de Ulises.
Le ocurrió a unos periodistas que desde el Centro de Prensa Principal cubrieron la reunión de los Príncipes de Asturias, Don Felipe y Doña Letizia, con los deportistas olímpicos en la Casa de España.
La ida no tuvo problema, ya que funcionarios chinos indicaron a los taxistas la dirección, si bien el recorrido superó la hora.
La vuelta fue una verdadera odisea.
En las atestadas calles adyacentes, centenares de chinos y extranjeros buscaban un taxi con desesperación minutos antes de las diez de la noche. Los periodistas se pusieron a la misma tarea sin saber que tardarían más de cuatro horas en lograr su propósito.
Después de media hora, optaron por bajar al metro, pero las puertas ya se habían cerrado y más centenares de personas salían de las bocas del transporte subterráneo, ansiosas por parar un taxi.
Tras un nuevo intento, optaron por cruzar la amplia avenida porque en la otra orilla se levantaban dos hoteles y la lógica les decía que a sus puertas siempre llegan taxis.
El problema es que los hoteles tenían el acceso restringido, ya que en ellos se hospedaban los miembros del Comité Olímpico Internacional, del que forman parte príncipes, jeques y ex reyes.
Los periodistas siguieron caminando en busca de otros hoteles, al tiempo que intentaban parar un taxi. Inútil pretensión.
Una policía se lo había advertido en inglés: "No intente tomar un taxi porque no les pararán". Palabras más sensatas nunca se habían escuchado en la avenida Dongchangan Jie, a pocos minutos de la Ciudad Prohibida.
La policía les dijo que cerca había una parada de taxis. Llegaron a ella y estaba a tope. Comenzó la más larga espera de transporte de sus vidas.
Les dio tiempo a desesperarse, a reír, a casi llorar y a forjar conocimientos y amistades con un matrimonio suizo, otro de Bilbao y una brasileña.
Y mantenían un ojo puesto en los que se cuelan.
A las dos horas, cada llegada de un nuevo taxi era recibida con festivos aplausos y cada pasada de largo de otro provocaba lamentos.
Tres horas más tarde, los periodistas avizoran la luz al final del túnel al llegar a la cabeza de la fila.
Se acerca un taxi, regocijo, risas, alegría, pero de pronto, como un fantasma escapado de la niebla que cubre Pekín, aparece una atractiva joven china que para el vehículo y se sube.
Fue la gota que colmó el vaso de la paciencia de los periodistas y, muy especialmente, del más alto y fuerte. Corre hacia el taxi y logra a voces, en español, que la joven se baje amedrentada no porque entienda la extraña lengua que habla el extranjero, sino por su fornido aspecto y sus airados gestos.
Se marcha el matrimonio de Bilbao y la chica brasileña. Los periodistas ya están primeros. Media hora después, se aproxima un taxi. Por fin, a casa.
Pero la belleza china vuelve a colarse, ahora acompañada de un joven. El periodista no está dispuesto a soltar la presa y, jurando en español, se sube al asiento delantero y, con firmeza, indica a los otros pasajeros que tienen que dejar el taxi libre.
Intervienen dos policías. El diálogo, unos en chino y otros en español, no puede ser más de besugos. Arriba un segundo taxi y, después de un cuarto de hora de discusión, el periodista acepta bajarse y pasar al segundo vehículo, en compañía de sus colegas.
Por fin para casa, se dicen, mientras muestran al taxista la tarjeta con los datos de la residencia. El conductor no tiene ni idea de cómo ir. Llama a la central, se oye una voz de mujer que en inglés pregunta a los periodistas la dirección, se le explica, se lo explica al taxista y, un cuarto de hora después, parte el coche.
A medio camino, más llamadas, nuevas dudas, el taxista se rasca la cabeza, viaja a 40 por hora, se toma su tiempo en los cruces, vuelve a llamar, sigue adelante, parece que ya está más o menos seguro.
Sólo parece. Vuelve a dudar, enciende la lucecilla interna, mira la tarjeta y, para sorpresa de los viajeros, saca ¡una lupa! para asegurarse una mejor visión.
De nuevo en movimiento. Otra parada, otra mirada. Con lupa. Arranca y, cuando los periodistas ya se creían irremediablemente perdidos, llega, no se sabe cómo, al destino, el "Green Homeland Media Village", hogar, dulce hogar. Pasadas las dos de la madrugada.
Los periodistas se dirigen hacia su residencia. En el ascensor, se encuentran con unos colegas italianos que miran sus acreditaciones. "Se os nota agotados".
"Es que el taxista no sabía cómo llegar".
informativos telecinco

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